El estremecedor femicidio de Agostina Vega conmociona profundamente a Córdoba y reactiva en la memoria colectiva uno de los capítulos más oscuros de la historia criminal y política argentina: el caso de María Soledad Morales (Catamarca, 1990). Aunque los separan más de tres décadas, existen paralelismos muy marcados en la matriz del horror, el perfil de las víctimas y las repercusiones institucionales.
Las principales similitudes estructurales entre ambos casos son:
- La vulnerabilidad de las víctimas y el “engaño” previo: Tanto María Soledad (17 años) como Agostina Vega (14 años) fueron llevadas mediante engaños a situaciones donde se encontraban sus agresores, aprovechándose de su vulnerabilidad.
- El descarte y el ensañamiento con los cuerpos: En ambos casos, los femicidas buscaron la total deshumanización y el ocultamiento del rastro criminal a través de métodos brutales y mutilaciones para evitar el reconocimiento.
- Las conexiones políticas y los “hijos del poder”: Ambos casos exponen redes de impunidad ligadas al poder político. Mientras el caso catamarqueño provocó una intervención federal, en Córdoba la investigación del fiscal Raúl Garzón ha destapado lazos políticos que alcanzaron al Concejo Deliberante y forzaron renuncias.
- Pactos de silencio y la red de encubrimiento: Ninguno de los crímenes pudo sostenerse sin una red de complicidades. En ambos escenarios, se detectó una manipulación de la escena del crimen y maniobras planificadas para plantar pistas falsas y desviar la investigación.
- La movilización social como motor de justicia: Tanto las “Marchas del Silencio” de 1990 como la reciente presión social en la movilización del Ni Una Menos en Córdoba han sido indispensables para exigir que los casos avancen sin interferencias ni privilegios políticos.
En conclusión, ambos crímenes exponen cómo la violencia de género más extrema se ampara en redes de complicidad y estructuras de influencia política.
Redaccion El Diario Digital

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